La dimensión regional entra en el cruce político
El cruce de mensajes entre el ELN y el Gobierno no se limita al plano interno. En las respuestas del presidente Gustavo Petro, Venezuela y el Catatumbo aparecen como piezas centrales de un tablero regional que redefine el alcance del conflicto y de cualquier salida negociada.
Mientras el ELN plantea un Acuerdo Nacional con énfasis en la soberanía y el contexto geopolítico latinoamericano, el Gobierno introduce una lectura territorial y binacional, donde el control de economías ilícitas y la presencia armada en zonas fronterizas se convierten en factores decisivos.
Ahí el debate se desplaza: ya no se trata solo de acuerdos políticos, sino de control del territorio, cooperación internacional y seguridad regional.
Venezuela en la respuesta del Gobierno
En su pronunciamiento, el presidente Petro señaló que, si el ELN no se vincula de manera efectiva a la paz, podrían darse acciones conjuntas de tipo militar con Venezuela. Esta afirmación introduce un elemento de presión regional inédito en el intercambio público con la organización armada.
El mandatario también planteó que la primera reunión oficial con el Gobierno venezolano debe abordar el desarrollo de una zona económica especial entre el Norte de Santander y el Táchira, con énfasis en el desarrollo agrario e industrial. Desde esta perspectiva, la cooperación binacional se presenta como una herramienta para transformar las dinámicas del conflicto en la frontera.
La advertencia es clara: el factor Venezuela deja de ser un telón de fondo y pasa a ocupar un lugar explícito en la estrategia del Ejecutivo.
El Catatumbo como eje territorial
El Catatumbo aparece en el discurso presidencial como un territorio clave para la transformación económica y social. Petro mencionó la necesidad de avanzar en infraestructura vial para sacar la producción campesina al mercado, en el marco del llamado pacto por el Catatumbo.
Este enfoque contrasta con la narrativa del ELN, que históricamente ha presentado la región como escenario de resistencia y disputa armada. Para el Gobierno, en cambio, el control territorial debe recaer en la ciudadanía, con participación directa de las comunidades en la definición del desarrollo regional.
Aquí se marca otro quiebre: la región deja de ser solo un escenario del conflicto y pasa a ser presentada como un espacio de reorganización económica y política.
Un tablero que redefine el conflicto
La incorporación explícita de Venezuela y el Catatumbo en el cruce de discursos amplía el alcance del debate sobre la paz. El conflicto deja de leerse únicamente en clave nacional y se proyecta hacia una dimensión regional, con implicaciones diplomáticas, económicas y de seguridad.
Este giro introduce nuevas variables en cualquier intento de negociación. No solo importa qué se acuerda, sino dónde y con quién se ejecuta.
En ese tablero en movimiento, la región se convierte en un factor decisivo. Si será un punto de convergencia o un nuevo foco de tensión, es una incógnita que permanece abierta.