El sonido submarino se desplaza por el océano mucho más rápido que por el aire, y esa diferencia hace posible que el sonar detecte objetos, mida profundidades y ayude a estudiar zonas donde la luz apenas llega. Aunque desde la superficie el mar parezca silencioso, bajo el agua hay un paisaje acústico lleno de olas, animales, embarcaciones y señales.
Una vibración que encuentra un medio más compacto
El sonido es una vibración que se propaga mediante pequeños cambios de presión. En el aire, las moléculas están relativamente separadas; en el agua, están mucho más juntas. Por eso la vibración pasa de una molécula a otra con mayor rapidez.
Como referencia, el sonido viaja cerca de 340 metros por segundo en el aire y alrededor de 1.500 metros por segundo en el agua de mar. No es una cifra idéntica en todos los sitios: la temperatura, la salinidad y la presión asociada a la profundidad pueden modificar su velocidad. La NOAA explica estas variaciones y su importancia para seguir la propagación acústica marina en este recurso sobre el sonido en el océano.
¿Por qué puede oírse a tanta distancia?
La velocidad no es lo único llamativo. En ciertas condiciones, el sonido también puede conservar suficiente energía para viajar grandes distancias. Los sonidos de baja frecuencia, por ejemplo, suelen propagarse mejor que los agudos.
En partes profundas del mar existe una franja donde los cambios de temperatura y presión curvan las ondas sonoras hacia arriba y hacia abajo. Ese efecto puede mantenerlas dentro de una especie de corredor acústico. Es una de las razones por las que hidrófonos bien ubicados pueden registrar sonidos emitidos a muchos kilómetros.
El sonido submarino, el océano y el sonar están conectados por esa capacidad de transmitir ondas a distancia: donde la visibilidad es limitada, escuchar puede resultar más útil que mirar.
Cómo usa el sonar este principio
Un sistema de sonar activo emite un pulso de sonido y espera el eco que rebota en el fondo, un banco de peces, una roca o cualquier objeto que refleje parte de la señal. Al calcular cuánto tarda en volver ese eco, el equipo puede estimar la distancia. Es el mismo principio básico de un grito que rebota en una montaña, pero adaptado al agua.
Los ecosondas de embarcaciones, algunos buscadores de peces y los equipos científicos aprovechan este método para crear mapas del relieve submarino o estudiar lo que ocurre en la columna de agua. La NOAA describe cómo los sensores acústicos permiten observar áreas donde la luz y las cámaras tienen un alcance reducido en su explicación sobre teledetección bajo el agua.
No todo lo que suena bajo el agua es un mensaje
El mar tiene sonidos naturales: lluvia, oleaje, hielo, movimientos del fondo y vocalizaciones de animales. Ballenas, delfines, peces e invertebrados pueden usar señales acústicas para comunicarse, orientarse, encontrar alimento o evitar riesgos. Para muchas especies marinas, el sonido aporta información esencial en un entorno donde la luz se debilita rápidamente con la profundidad.
También hay ruido producido por actividades humanas, como el tránsito de barcos o ciertas obras. Por eso estudiar el sonido submarino en el océano no solo sirve para perfeccionar el sonar: también ayuda a comprender qué señales reciben los animales en su ambiente. La NOAA Fisheries reúne una introducción clara sobre estos usos biológicos del sonido en su guía para entender el sonido oceánico.
Un detalle curioso: bajo el agua es difícil saber de dónde viene un ruido
Para las personas, localizar un sonido dentro del agua puede ser desconcertante. El cerebro normalmente compara el instante en que un sonido llega a un oído y al otro; como en el agua las ondas llegan muy rápido, esa diferencia temporal se vuelve más difícil de interpretar. Además, el oído humano está adaptado sobre todo a escuchar en el aire, no a través del agua.
Así que el océano no es un mundo silencioso, sino uno en el que las vibraciones viajan con reglas distintas. Allí, escuchar es una herramienta de orientación, comunicación y exploración.
